Mucho se ha hablado sobre el gran descontento y la falta de interés juvenil en participar del sistema político en general. Las causas son múltiples, acostumbramiento a la estabilidad y a la plena vigencia del Estado de Derecho, o la percepción de que un voto no es capaz de modificar la realidad de la cual ¿somos partícipes?
A la hora de buscar los factores de lo último, aparece el tan manoseado sistema electoral binominal, el cual, para ser comprendido de manera correcta, debe ser estudiado en el contexto que fue originado: un régimen que con cierto temor a la expresión democrática, buscó generar una serie de amarres que preservasen la “democracia tutelada y protegida”, tal cual como se señaló en su momento.
¿Cuál fue la idea? Establecer una democracia consensual, en la que la minoría tenga un considerable poder de veto frente a la mayoría, frenando la aprobación de algunos proyectos presentados por los últimos, tal cual como se ha visto en los últimos 19 años.
Por un principio básico del binominal, se eligen dos representantes por cada circunscripción y distrito, los que por lo general son captados de uno para cada conglomerado (los doblajes son una excepción). Queda así preguntarse ¿Qué incentivo existe para los ciudadanos para el votar en las elecciones parlamentarias? ¡Ninguno! ya que los miembros del Congreso son prácticamente definidos por las directivas de los partidos y en las negociaciones internas de los pactos. Ejemplo de lo anterior es el caso de la 16º circunscripción senatorial, donde la derecha presentó como candidato único a Andrés Allamand, que obviamente fue elegido.
Entonces, ¿cuál es la función de la ciudadanía? Simplemente ratificar lo que plantean los partidos ¿Cuál es el incentivo para sufragar? Prácticamente no existe.
Los casos más impactantes son los de la 7º circunscripción senatorial (Santiago Poniente), donde en dos cupos, siempre ha salido elegido el primero y el tercero en votos populares. Pregunten cuál es el empoderamiento ciudadano que recibió Jaime Guzmán al ser elegido con el 17% de los votos (contra el 31% y 30% que recibieron los candidatos de la Concertación), o el actual presidente del Senado, Jovino Novoa, que en una carrera en la que ganan dos, llegó tercero y se quedó con “la copa”. ¿Cuál es la legitimidad que recibieron? Sólo la de una ley electoral que malinterpreta la voluntad popular.
Por ello, a pesar de la distancia y diferencia ideológica que exista con el Partido Comunista, es necesaria su inclusión en la Cámara de Diputados, y de este modo, romper con la exclusión de este importante grupo. La negociación que está llevando a cabo la Concertación con ellos no es más que la expresión del deseo de democratizar verdaderamente nuestro país, y para ello, se debe dejar de lado pretensiones desmedidas, y comprender que este es el primer esfuerzo para conquistar los escaños necesarios para reformar la ley electoral, y de este modo, decir adiós a la última “ley de amarre”.
Más adelante se deberá responder a la incógnita frente a cuál será el sistema óptimo que se implemente, estando dentro de las alternativas un proporcional corregido, como también un uninominal que garantice tanto estabilidad (valor que se destaca al binominal), como también competitividad y representación no distorsionada del parecer ciudadano, respetándose la regla lógica, de que el que logre la mayoría, sea el triunfador.
Por ahora, no nos queda más que esperar a diciembre, y a la hora de marcar el voto, saber que estaremos decidiendo entre dar un paso más en la búsqueda de un sistema más representativo y más democrático, y de este modo generar una sociedad más inclusiva y diversa, pero a la vez respetuosa de sus miembros.
Cristobal Sandoval.
PUC